Brasil.– Un narcotraficante, condenado a 73 años y diez meses de prisión por diversos crímenes, fue aislado del resto de reclusos luego de que intentó fugarse el pasado sábado 03 de agosto usando una máscara de silicona, peluca, anteojos y ropas de mujer durante el día de la visita familiar. Posteriormente, el martes 06 fue hallado colgado en su celda.
El narcotraficante Clauvino da Silva, de 42 años, estaba cumpliendo una condena de varias décadas cuando fue sorprendido intentando escaparse de la cárcel el pasado sábado, disfrazado como su hija.
Fue descubierto con una máscara de silicona, una larga peluca negra y ropa femenina, incluido un sostén.
Un video hecho público por las autoridades de la prisión, en el que se ve al reo sacándose lentamente su llamativo disfraz, se viralizó a nivel global, poniendo en evidencia el largo pulso de Brasil con su violento y saturado sistema de prisiones, el tercero más grande del mundo.
De acuerdo con la Secretaría de Administración Penitenciaria del estado de Río de Janeiro (Seap), Clauvino da Silva, conocido como Baixinho (bajito), había sido puesto en una celda solitaria de máxima seguridad del complejo penitenciario Bangú 1.
Los agentes se percataron del intento de fuga y abordaron al preso cuando se disponía a reclamar el documento de identificación dejado por su hija, quien permanecía dentro de la cárcel y después pretendía alegar que la cédula fue extraviada o entregada a otra persona por parte de los responsables del control.
No obstante, el martes, en un trágico giro de los acontecimientos, funcionarios penitenciarios de Río dijeron que Silva fue hallado muerto en su celda, en una unidad de alta seguridad del complejo estatal de Bangu.
“El interno parece haberse ahorcado con una sábana de la cama», dijeron las autoridades de la cárcel en un comunicado, agregando que se había abierto una investigación.
El deceso es un motivo de vergüenza para las autoridades penitenciarias de Río, que celebraron inicialmente sus acciones para impedir el inusual plan de fuga.
Se trata del último reo que muere en las cárceles brasileñas, que se han convertido en un gran dolor de cabeza para el nuevo presidente Jair Bolsonaro y su agenda de mano dura contra el crimen.
La semana pasada, al menos 57 personas perecieron en un motín carcelario en el estado norteño de Pará.
Más de 50 reclusos murieron en circunstancias similares en mayo, durante una revuelta en el estado de Amazonas.
La población penitenciaria de Brasil se ha multiplicado por ocho en tres décadas, hasta cerca de 750 mil internos.
Las bandas creadas originalmente en las prisiones para proteger a los reos y presionar por mejores condiciones tienen ahora un gran poder que va mucho más allá de los muros de la cárcel.