“Los Juegos Tokio en julio de 2020 serán la luz al final del túnel, señalarán el triunfo de la humanidad”, proclamaba hace solo una semana Shinzo Abe, el primer ministro japonés, que, este martes, repitió prácticamente las mismas palabras para anunciar que había decidido, de común acuerdo con el Comité Olímpico Internacional (COI), que la luz de Tokio 2020 brillará, seguro, pero no el 24 de julio de 2020, como estaba anunciado, ni en todo lo que queda de año, sino “en 2021, y no después del verano”.

Al COVID-19 le alcanzaron 48 horas entre domingo y lunes para apagar la pequeña esperanza que aún mantenían Tokio 2020 y el Comité Olímpico Internacional (COI). Las presiones de federaciones deportivas, comités olímpicos nacionales y deportistas, así como la caída a nivel de imagen, eran ya difíciles de resistir, pero el golpe de gracia a los Juegos Olímpicos lo dio la mismísima Organización Mundial de la Salud (OMS).

“La información que recibimos de la OMS en las últimas 48 horas fue catastrófica”, admitió durante una entrevista con Infobae Mark Adams, vocero del COI y un hombre de permanente contacto con su presidente, el alemán Thomas Bach. “No era información secreta, sino de dominio público: el secretario general de la OMS anunció que la crisis se estaba acelerando rápidamente, y las informaciones acerca de lo que puede suceder en África también fueron un factor”.

Cuando Adams habla de las 48 horas se refiere a lo sucedido entre el domingo y el martes. El COI anunció el domingo que se abría a la posibilidad de postergar los Juegos que debían celebrarse del 24 de julio al 10 de agosto. Habló de cuatro semanas para tomar una decisión. Dos días después la tomó: los Juegos quedan para el año próximo. ¿Cómo es posible que cuatro semanas transcurran en apenas 48 horas?