Por Miguel Mejía H.

California.- Son muchas las penurias que tiene que pasar un migrante ilegal para llegar a su destino, ya sea cruzando el río Grande o atravesando desiertos, huyendo de los guardias fronterizos y todo por buscar un porvenir.

Esta es la historia de Bonifacio Bonilla Ramírez, originario del estado de Guanajuato, que al igual que Michoacán y Zacatecas, son los que más exportan mano de obra migrante de México a Estados Unidos.

Su historia fue compartida por el sitio “La Gaveta Voladora”.

Corría el año 1987, cuando Bonifacio, conocido como “Boni” tenía 17 años y pocos días cuando tomó una de las decisiones más duras de su vida. Lo pensó una y mil veces pero desde un principio lo tenía claro. Tenía que hacerlo.

“Tengo que hacerlo”, se repetía una y otra vez cada día. Decidió que ya estaba bien, necesitaba salir de ese país que no le echaba una mano, un país donde carecía de las oportunidades de las que tanto había oído hablar al otro lado de la frontera. No sólo debía, sino que necesitaba salir en busca de un lugar mejor, un lugar donde vivir dignamente.

Boni tomó un camión desde su Guanajuato natal y en tortuosa marcha a través de carreteras secundarias llegó hasta Tijuana. 48 horas de viaje fueron, 48 horas de recuerdos, recuerdos de su mujer porque Boni ya estaba casado y tenía hijos.

Desde Tijuana decidió cruzar a pie, a paso lento pero seguro con su espalda cada vez más mojada, lágrimas de pena en su rostro y de cansancio sobre su cuerpo. El trayecto que separa Tijuana (México) de San Diego (Estados Unidos) se le antojó como de 15, 20 o 22 kilómetro, iba acompañado de su hermano y otros 20 migrantes.

En aquella ocasión no hubo suerte. La migra los agarró y, como todo emigrante mexicano, pasaron sus días en el centro de detención.

Llegado el día regresaron a los hermanos a su México natal pero Boni seguía teniendo la necesidad de cruzar al próspero vecino americano.

Volvió a intentar. El camino volvió a ser tanto o más duro que la primera vez que lo cruzó pero ya tenía experiencia. Consiguió pasar y esta vez no lo agarraron. Llegó al país de las oportunidades con un objetivo en mente, buscar un trabajo para enviar dinero a su familia.

Fresno lo acogió durante un año, lejos de su familia y con un trabajo que no le llenaba. No era feliz. Seis días trabajando y el domingo para lavar su ropa según cuenta. Se sentía solo, triste. Un año duró la separación familiar hasta que Boni, harto de trabajar para sobrevivir, ilegal, decidió retornar a casa. Su familia lo esperaba.

Regresó a Guanajuato donde trabaja como conductor para una empresa de turismo y aunque sale mucho sabe que regresa pronto con su familia.